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Estambul, puente entre Europa
y Asia
Fuente:
Laverdad.es |
Web Islam - Sergio García
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Mesquita
Azul
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Todas las ciudades del mundo tienen su rincón,
un color, un aroma, un recuerdo ligado siempre a los
ojos del que las mira. En el caso de Estambul es fundamental
la hora del día: el crepúsculo tiene la
particularidad de sacar lo mejor de una ciudad que es
ante todo una encrucijada, un puente entre dos continentes,
y cuya sola mención trae a la memoria aquellas
clases de Historia en las que la ensoñación
ganaba casi siempre la batalla a los nombres, las fechas
o los accidentes geográficos.
Una
de las ventajas de Bizancio o Constantinopla o Estambul
-cada denominación ha sido utilizado durante
siglos- es que uno encuentra exactamente lo que está
buscando, y si tiene en mente misterio o romanticismo,
las mezquitas, bazares, baños y callejones se
encargarán de satisfacer todos sus deseos. Todo
ello sin olvidar que la ciudad es la tarjeta de presentación
de Turquía en el mundo y el mejor argumento de
quienes apuestan por la integración en Europa
de un país anclado en Asia.
La
estampa más inolvidable es la del Cuerno
de Oro, un brazo de mar que se adentra en la orilla
europea, llamado así porque los últimos
rayos del sol se reflejan sobre la superficie de agua
y parecen arrancar chispas. El cauce ha sido durante
siglos la principal vía de comunicación
de la ciudad y su barrera defensiva, y esto en un lugar
que ha pasado por las manos de griegos, romanos, bárbaros
de toda especie, bizantinos y otomanos, es decir mucho.
Hasta
la conquista por Mehmet II, una cadena de hierro cruzaba
la corriente de orilla a orilla, uniendo las actuales
Punta del Serrallo y Sultanahmet con el barrio de Beyoglu,
y haciendo imposible el paso de las naves con que los
invasores trataron una y otra vez de tomar al asalto
la ciudad.
Los
ecos de la batalla se apagaron hace ya tiempo, y en
la actualidad son las sirenas de los ferrys y los buques
mercantes procedentes de Ucrania, Georgia o el Mediterráneo
los que recuerdan que el puerto de Emynonu es y ha sido
siempre el punto neurálgico de la ciudad. Es
la postal más típica de Estambul, flanqueado
de mezquitas, pescaderías al aire libre, bazares,
mercados de especias y restaurantes como los del puente
de Gálata, donde disfrutar de un levrek (róbalo)
al horno mientras la corriente se desliza bajo las mesas
y el muecín llama a la oración desde el
alminar de Rustem Pasá.
Un
itinerario básico aconseja visitar primero Santa
Sofía, durante siglos la mayor iglesia de la
Cristiandad. Construida en el s.VI por el emperador
Justiniano, Mehmet II la convirtió en mezquita
cuando conquistó la ciudad en 1453. El templo
es de una belleza abrumadora, que contrasta con la pesadez
de los muros y contrafuertes que sujetan la cúpula.
La nave central, dominada por tondos de madera con inscripciones
caligráficas sarracenas, muestra todavía
el mihrab que marca La Meca y hacia donde se volvían
los fieles antes de que el edificio se convirtiera en
museo; el mimbar o púlpito desde donde se dirigía
la oración; la logia, donde el sultán
seguía la ceremonia del rezo, oculto entre celosías
a las miradas indiscretas.
El
mito de Topkapi
Lo
que hace única a Aya Sofya, como
la llaman los turcos, son los mosaicos que cubren las
paredes, ocultos en tiempos de la dominación
árabe por la prohibición expresa del Profeta
de reproducir la figura humana. El Pantocrator, Justiniano,
Constantino, San Juan Bautista, la Virgen, el arcángel
Gabriel... Una crónica precisa del cristianismo
sobre fondo dorado que recorre ábsides y muros.
A
sus espaldas, colgado entre el Estrecho del Bósforo
y el Mar de Mármara, se levanta el mítico
Topkapi, el palacio otomano sinónimo de lujo
y de belleza. El recinto contiene un sinfín de
rincones sugerentes, caso del harén o del diván
donde se reunían los ministros del sultán;
o la galería que guarda piezas sagradas como
la espada de Saladino. Eso sin contar el Museo de los
Relojes o el Tesoro, la meca de cualquier ladrón
de guante blanco, con tronos de oro, dagas cubiertas
de rubíes y esmeraldas, broches de ensueño,
armaduras de fantasía...
De
nuevo en el exterior, se impone un paseo por Sultanahmet,
el núcleo de la antigua ciudad romana de Constantinopla.
El circo, el hipódromo, los palacios y las villas
desaparecieron hace ya tiempo, pero nadie -salvo algún
arqueólogo- los echa en falta. La explanada encierra
tesoros como los baños de Roxelana, la cisterna
subterránea sostenida sobre centenares de columnas,
el obelisco egipcio y, sobre todo, la Mezquita Azul.
Llamada así por el color de sus azulejos, es
una joya rodeada de seis minaretes, raro privilegio
que sólo tiene La Meca y que fue en su día
motivo de agrias polémicas.
A
quince minutos a pie se levanta otro lugar ineludible
de Estambul: el Gran Bazar, un mercado cubierto atravesado
por un laberinto de calles, que alberga centenares de
tiendas donde es posible encontrar literalmente de todo.
Desde joyerías, tiendas de ropa, alfombras, lámparas,
artesanía, souvenirs, juegos de mesa, cafeterías
y artículos religiosos -lo mismo cristianos que
musulmanes, el negocio es el negocio- ; hasta alimentación,
especias o electrodomésticos.
Ocupa
una superficie tan descomunal que han hecho falta varios
siglos y otros tantos sultanes para acabar de darle
la forma que tiene en la actualidad. Cuando uno cruza
cualquiera de sus puertas, se zambulle en una corriente
humana que lo arrastra y zarandea por kilómetros
de callejuelas. Saldrá al exterior por cualquier
sitio distinto a por donde entró, desorientado,
exhausto... y satisfecho.
De
vuelta en la calle, las posibilidades son infinitas.
Las mezquitas se suceden una tras otra, a cada cual
más interesante. La de Soliman el Magnífico,
la Nueva, Rustem Pasá, Eyup... La ciudad conserva
los restos de un acueducto construido en tiempos de
Constantino y que abastecía a la ciudad romana,
que creció hasta alcanzar el millón de
habitantes -hoy la habitan 18 millones, muchos de ellos
desparramados por el lado asiático- y que llegó
a estar blindada por tres murallas.
El
café Pierre Loti
Sólo
se conserva la que ordenó construir Teodosio,
la más exterior. A sus pies se levanta la iglesia
de San Salvador en Chora, un pequeño templo ortodoxo
sacudido por terremotos que ha logrado, sin embargo,
preservar algunos de los mosaicos más bellos
de la ciudad, que rivalizan con los de Santa Sofia.
No muy lejos, donde el Cuerno de Oro se
estrecha y forma un meandro, está la cafetería
de Pierre Loti, un novelista francés seducido
por la ciudad que, al contrario de Agatha Christie,
Graham Greene o el propio Hemingway, decidió
quedarse y hacer de la ciudad su cuartel general. Su
residencia se acabó convirtiendo en un bar-restaurante
con una vista privilegiada de la ciudad, que se ha convertido
en un clásico de cualquier tour que
se precie.
Estambul
no acaba aquí. Nadie que se adentre por sus calles
puede volver sin haber tomado un masaje en los baños
turcos de Cagaloglu, sin oler las mil y una esencias
del bazar de las especies, sin haber recorrido en tranvía
la calle Istiklal, que atraviesa el barrio moderno de
Taksim. El recuerdo no podrá ser completo si
al mercado de los pescadores no le sigue una visita
al palacio Dolmabhce, con la Escalinata de Cristal o
sus salones de baile coronados por luminosas arañas
de toneladas de peso.
Y
el último día, cuando uno se haya empapado
bien de mosaicos y mezquitas, y esté al borde
del empacho de tanto comer kebab y yogures, mezes
-aperitivos- y dulces, le espera la Torre de Gálata,
donde la puesta de sol le revelará la única
conclusión posible: que diez días no bastan
para conocer la ciudad que fundó un mercader
griego hace 25 siglos.
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