GRANADA
Y LA ALHAMBRA, EL PARAISO SOBRE LA TIERRA
Con
este escrito damos comienzo a una serie de artículos
de diversas fuentes que tiene como finalidad dar a conocer
según nuestra opinión y la de muchísimos
mas, del nacimiento, desarrollo, apogeo y debilitamiento
de una interrelación cultural sorprendente, que
no tiene antecedentes en la historia de la humanidad,
como fue la España durante de los siglos VII al
XIV. Por:
Prof.
Ricardo H. Elia.
"El
que no ha visto Granada, no ha visto nada"
(Dicho popular andaluz)
Granada
es una ciudad del sur de España, capital de la
provincia del mismo nombre, situada en la comunidad autónoma
de Andalucía, a una altura de 775 metros sobre
el nivel del mar, al pie de las montañas de Sierra
Nevada y en la confluencia de los ríos Genil y
Darro. La ciudad es el centro comercial de toda la comarca
agrícola en que se ubica la Vega, fértil
llanura que durante trece siglos ha dado vida a la ciudad.
El
vestigio más impresionante de la presencia musulmana
en Granada, es la Alhambra, el palacio fortaleza de sus
gobernadores.
Granada
(Garnata en árabe) fue fundada en el siglo VIII
por los musulmanes, cerca del antiguo asentamiento romano
de Ilíberis (la Elvira musulmana), distante unos
diez kilómetros al noroeste. Su nombre exalta las
cualidades de la fruta que produce el granado y que es
recomendada en el Islam. Granada fue un territorio dependiente
del califato de Córdoba. Tras su desintegración
se creó un reino de Taifas de origen bereber, el
de los Ziríes (1013-1090). Durante esa época
la ciudad tuvo un visir (ministro) judío, Samuel
Halevi Ibn Nagrila Ha-Nagid (993-1055), que también
fue un sabio del Talmud y patrocinador de las artes. Posteriormente
fue administrada por las dinastías africanas de
los almorávides (1090-1145) y almohades (1145-1230).
Con la desintegración de al-Ándalus en el
siglo XIII, se creó el reino de los Nazaríes
o Nasríes de Granada en 1238 que se mantuvo hasta
1492. Fue entonces cuando Granada conoció su edad
dorada como centro literario, artístico y científico,
a pesar de las presiones de los castellanos.
La
cumbre más alta de España
No
muy lejos, al sureste, el pico nevado del Mulhacén
-deformación fonética de Muley Hasan-
con sus 3.481 metros -máxima elevación
de la Península Ibérica- es una invitación
permanente a trepar hasta su cima y divisar desde ella
un panorama incomparable: hacia el
norte,
la misma Granada, el río Genil y la ciudad de Guadix
con su histórica alcazaba; hacia el sur, las estribaciones
de la Alpujarra con su mundo escondido-Lanjarón,
Cádiar, Válor, Laujar-, el exotismo de la
costa-Málaga, Almuñécar, Salobreña,
Motril, Almería-, el azul Mediterráneo y
más allá, el Africa inefable. Todas las
comarcas de la región retienen la memoria de lo
que fue el último reino hispanomusulmán.
La
Alhambra
La
Alhambra es un recinto emplazado en una colina sobre
la ciudad de Granada, en cuyo seno se encuentra uno
de los palacios más relevantes de la arquitectura
islámica. El nombre de Alhambra procede del color
rojo de sus muros, en árabe Al-Hamrá,
construidos con la arcilla ferruginosa del propio terreno.
Muhammad
I al-Ahmar (1237-1273), primer rey de la dinastía
nazarí, comenzó la urbanización
de la colina junto al río Darro y construyó
la alcazaba (al-qasab en árabe), una impresionante
fortaleza -con capacidad para una guarnición
de cuarenta mil hombres- que domina la ciudad de Granada
desde un espolón, la colina de la Sabika. Su
sucesor Muhammad II (1273-1302) concluyó el recinto
amurallado, asegurando así la paz interior del
palacio-ciudadela de los sultanes granadinos. El palacio
real que hoy se conserva, sin embargo, fue construido
por Yusuf I (1333-1354) y Muhammad V (1354-1358 y 1362-1391).
La
entrada
Desde
la Plaza Nueva, en el centro de la ciudad, se sube a
la Alhambra por la cuesta de Gomérez que es una
callejuela estrecha y empinada donde abundan las tiendas
de souvenirs y artesanías. Dicha cuesta termina
en la "Puerta de las Granadas", edificada
por Carlos V en el antiguo perímetro fortificado
musulmán que unía la alcazaba con las
Torres Bermejas. Al traspasar la puerta, se cambia lo
urbano en bosque poblado de penumbras, trinos y rumores
de aguas. La Alhambra está cerca y anuncia su
magia a través de la naturaleza. A poco de subir
por el camino, sobre la izquierda se encuentra la más
famosa de las Puertas de la fortaleza roja, la "de
la Justicia" (Bab al Sharía). Sobre el arco
de la puerta se encuentra la "Mano de Fátima"
y una llave que sin duda tienen un sentido simbólico
que todavía no se ha podido descifrar. Al traspasar
su umbral ingresamos en la Alhambra. Antes de dirigirnos
hacia el este para visitar los palacios, es preferible
conocer la alcazaba con sus torres "de la Vela"
y "del Homenaje" desde donde se puede apreciar
un panorama estupendo de la Vega y la ciudad.
Las
salas y los patios
El
antiguo palacio nazarí es un conjunto de construcciones
agrupadas de forma irregular, pero al mismo tiempo con
un extraordinario sentido del rigor espacial. Las distintas
estancias se articulan por medio de patios, comenzando
por el de ingreso y el de Machuca -desaparecidos casi
por completo- que conducían al mexuar o salón
de justicia. Entre éste y el patio de los Arrayanes
aparece una pequeña obra maestra, el patio del
Cuarto Dorado, cuya sorprendente fachada al cuarto de
Comares sirvió de modelo para numerosas obras
hispanomusulmanas posteriores.
Pasadas
estas estancias se abre el Patio de los Arrayanes, una
de las piezas fundamentales de la Alhambra gracias a
sus prodigiosas proporciones, tensadas por la alberca
longitudinal que divide su planta. Su nombre se debe
a los dos setos de arrayanes o mirtos que flanquean
la alberca sobre la que se reflejan los soportales de
la Sala de la Barca y la monumental Torre de Comares.
Dentro de la torre está el ornado Salón
de Embajadores donde los monarcas de Granada recibían
a los emisarios extranjeros que se maravillaban del
arte y riqueza del singular dominio islámico;
ahí también el 4 de junio de 1526, el
emperador Carlos V, mirando desde un balcón los
jardines, las arboledas y el río, exclamó:
"¡Cuán desgraciado el hombre que perdió
todo esto!". En la antesala de la Torre de Comares
se encuentra la siguiente inscripción en árabe:
"Edificaste para la fe en la preciosa cumbre una
tienda de gloria, que no necesita cuerdas para su sostén".
A
la derecha del Patio de los Arrayanes se encuentra el
Patio de los Leones, considerado uno de los momentos
culminantes del arte islámico y construido por
Muhammad V a semejanza del paraíso soñado
por los fieles musulmanes. Allí una docena de
leones de mármol guardan una majestuosa fuente
de alabastro. Los doce leones simbolizan los Doce Imames
o Jalifas de la Descendencia del Profeta (BPD), a los
cuales éste se refirió en firmes tradiciones.
El
agua que brota de los leones surtidores es la Misericordia
divina que se derrama de los Imames sobre la humanidad.
Con su valor ritual, su función refrescante y
su contenido simbólico, el agua es un complemento
esencial de la arquitectura islámica.
La
presencia de estanques, canales y fuentes, sirve para
enfatizar los ejes de la composición arquitectónica,
para relacionar ámbitos aparentemente inconexos,
o para transformar la configuración espacial
de diferentes dependencias. Pero además, el agua
funciona como un espejo, capaz de reflejar y multiplicar
los esquemas arquitectónicos y su decoración.
Unida a la luz, el agua incrementa el carácter
dinámico de la decoración y origina composiciones
místicas, incomparables. La Alhambra, tanto en
su Patio de los Arrayanes como en el de los Leones,
es el mejor ejemplo de la importancia capital que tiene
el agua en la arquitectura islámica, tanto que
se puede llamar a al-Ándalus por este motivo
"una cultura del agua".
Las
esbeltas columnas y floridos capiteles de la arcada
circundante en el Patio de los Leones, las estalactíticas
archivoltas, los caracteres cúficos que constantemente
proclaman la divisa de la Granada nazarí -la
que a través del tiempo se ha convertido en el
símbolo de al-Ándalus por excelencia:
Lá gáliba illa Allah "¡No hay
vencedor más que Dios!" (tradición
que se remonta al califa almohade Abu Yusuf Yaqub, el
cual, al derrotar a los castellanos en Alarcos, el 18
de julio de 1195, portaba ya en su estandarte esta consigna)-
hacen de este monumento la obra maestra de la arquitectura
del Islam en Occidente.
Entre
las estancias que rodean al patio de los Leones destacan
la Sala de Dos Hermanas, que repite la composición
espacial del patio y se ilumina de luz natural a través
de una excepcional cúpula de mocárabes;
la Sala de los Abencerrajes, cubierta por una cúpula
similar a la anterior, y la sala de los Reyes, sorprendente
por sus pinturas figurativas inusuales en el arte islámico
medieval. El conjunto de palacios y estancias de la
Alhambra se sucede en los restos del antiguo palacio
y los jardines del Portal, y más adelante en
algunas torres de sus murallas, como la de la Cautiva
o la de las Infantas, guardianas de un misterioso encanto
estrechamente relacionado con las leyendas que les dan
nombre.
El
Generalife
Al
noroeste de la Alhambra se levanta el palacio del Generalife,
una villa de recreo construida a principios del siglo
XIV -con anterioridad al palacio de Yusuf I- que se
asoma por sus galerías y ventanales calados al
barrio granadino del Albaicín (de al-bayyazín:
musulmanes de Baeza que se refugiaron en Granada). El
edificio, sin embargo, es menos conocido que sus jardines,
ideados con una sublime sutileza que participa de la
composición geométrica tanto como de los
colores y aromas que desprenden sus variadas especies
vegetales. Con mucha razón se lo llama "La
más noble y elevada de todas las huertas"
(annat al-'arif). Otra traducción sería
"Huerta del gnóstico o arquitecto (alarife)".
El
gozo de los viajeros
Igualmente,
los jardines del Portal, de los Adarves y de Lindaraja
en la Alhambra, con sus rimeros de macetas floridas,
con recortados setos que bordean acequias, con estanques
y fuentes cubiertos de nenúfares, y todo un conjunto,
esplendoroso y sutil, asomándose a la legendaria
ciudad, al blanco barrio del Albaicín, a las
cumbres nevadas de la sierra, y a la aceitunada apacibilidad
de la Vega, justifican sobradamente las expresiones
de viajeros como el médico austríaco Ieronimus
Münzer que viajó por la Península
entre 1494-1495: "Terminada la comida, subimos
a la Alhambra. Vimos allí palacios incontables,
enlosados con blanquísimo mármol; bellísimos
jardines, adornados con limoneros y arrayanes... Todo
está tan soberbia, magnífica y exquisitamente
construido, de tan diversas materias, que se creería
un paraíso. No me es posible dar cuenta de todo
(...) Al pie de los montes (de Granada), en una buena
llanura tiene casi en una milla muchos huertos y frondosidades
que se pueden regar por canales de agua; huertos, repito,
llenos de casas y de torres, habitadas durante el verano
que viéndolos en conjunto y desde lejos los creerías
una populosa y fantástica ciudad. Principalmente
hacia el noroeste, en una legua larga, o más,
contemplamos estos huertos, y no hay nada más
admirable. Los sarracenos gustan mucho de los huertos,
y son tan ingeniosos en plantarlos y regarlos que no
hay nada mejor. Es además un pueblo que se contenta
con poco y vive en su mayor parte de los frutos que
de ellos saca, y que no les faltan durante todo el año."(cfr.
H. Münzer: Viaje por España y Portugal 1494-1495,
Edic. Polifemo, Madrid, 1991).
Ya
anteriormente, el infatigable viajero musulmán
tangerino Ibn Battuta (1304-1377) había apuntado
en su Rihla (en árabe "relato de viaje"):
"Después continué la marcha hasta
Granada, capital del país de al-Ándalus,
novia de sus ciudades. Sus alrededores no tienen igual
entre las comarcas de la tierra toda, abarcando una
extensión de cuarenta millas, cruzada por el
famoso río Genil y por otros muchos cauces más.
Huertos, jardines, pastos, quintas y viñas abrazan
a la ciudad por todas partes" (Ibn Battuta: A través
del Islam, Alianza, Madrid, 1988, pág. 763).
El
gran humanista italiano Pietro Martire d'Anghiera (1459-1524),
cronista de Fernando e Isabel, cuando visitó
Granada en el primer cuarto del siglo XVI escribía
en una de sus epístolas: "A todas las ciudades
que el sol alumbra, es, en mi sentir, preferible Granada.(...)
Las cercanas montañas se extienden en torno en
gallardas colinas y suaves eminencias, cubiertas de
olorosos arbustos, de bosquecillos de arrayán
y de viñedos. Todo el país, en suma, por
su gala y lozanía, y por su abundancia de aguas,
semeja los Campos Elíseos. Yo mismo he probado
cuánto estos arroyos cristalinos, que corren
entre frondosos olivares y fértiles huertas,
refrigeran el espíritu cansado y engendran nuevo
aliento de vida" (cfr. Opus epistolar. Petri Martyris,
ed. Amsterdam 1670, pág. 64, trad. cast. de Juan
Valera, en Adolf Friedrich von Schack: Poesía
y arte de los árabes en España y Sicilia,
Hiperión, Madrid, 1988, XVII, pág. 378).
El
escritor y diplomático Andrea Navagero (Venecia
1483-Blois 1529), cronista oficial de la república
veneciana, embajador cerca de Carlos V y enviado más
adelante a la corte de Francisco I de Francia, en sus
observaciones durante el viaje a España (1524),
se advierte la gran afición que sentía
por la naturaleza, huertas y vegas, ya que en su patria,
Venecia, cultivó huertos en su predio de Murano.
Pero veamos la sorpresa que encontró en Granada,
último reducto de al-Ándalus (citado en
Cherif Abderrahman Jah y Margarita López Gómez:
El enigma del agua en al-Ándalus, Lunwerg Editores,
Barcelona, 1994, pág. 206): "Toda aquella
parte que está más allá de Granada
es bellísima, llena de alquerías y jardines
con sus fuentes y huertos y bosques, y en algunas las
fuentes son grandes y hermosas; y aunque éstos
sobrepujan en hermosura a lso demás, no se diferencian
mucho de los otros alrededores de Granada; así
los collados como el valle que llaman la Vega, todo
es bello, todo apacible a maravilla y tan abundante
de agua que no puede serlo más, y lleno de árboles
frutales, ciruelas de todas clases, melocotones, higos
(...) albérchigos, albaricoques guindos y otros,
que apenas dejan ver el cielo con sus frondosas ramas...
Por todas partes se ven en los alrededores de Granada,
así en las colinas como en el llano, tantas casas
de moriscos, aunque muchas están ocultas entre
los árboles de los jardines, que juntas formarían
otra ciudad tan grande como Granada; verdad es que son
pequeñas, pero todas tienen agua y rosas, mosquetas
y arrayanes, y son muy apacibles, mostrando que la tierra
era más bella que ahora, cuando estaba en poder
de los moros; al presente se ven muchas casas arruinadas
y jardines abandonados, porque los moriscos más
bien disminuyen que aumentan, y ellos son los que tienen
las tierras labradas y llenas de tanta variedad árboles;
los españoles, lo mismo aquí que en el
resto de España, no son muy industriosos y ni
cultivan ni siembran de buena voluntad la tierra, sino
que van de mejor gana a la guerra o a las Indias para
hacer fortuna por este camino más que por cualquier
otro." (cfr. A. Navagero: Viaje por España
1524-1526, trad. cast. A.M. Fabré, edic. Turner,
Madrid, 1983).
El
descubrimiento de la Alhambra
La
Alhambra se convirtió en palacio de los reyes
cristianos desde la toma de Granada por los Reyes Católicos,
en 1492. Su nieto, Carlos I de España y V de
Alemania, mandó demoler irracionalmente parte
del palacio musulmán para construir un edificio
renacentista -con iglesia incluida- que sirviera de
puerta solemne revestida de cristiandad, pero sus formas
adustas y desproporcionadas contrastan notablemente
con la grácil acrópolis musulmana. Pese
a ello, la Alhambra se abandonó y fue deteriorándose
con el paso del tiempo hasta prácticamente desaparecer
bajo la maleza a mediados del siglo XVIII y el agua
cantarina dejó de brotar.
En
el marco del enfrentamiento franco-británico
de 1793-1815, el ejército napoleónico
entró en Andalucía en enero de 1810. El
comandante militar de Granada, Horace Sebastiani, un
general revolucionario, quedó fascinado al descubrir
los edificios musulmanes que dominaban las alturas de
la ciudad y decidió instalar su comando en la
fortaleza roja. La Alhambra, desierta y colmada de escombros,
fue casi totalmente restaurada. Los galos sacaron del
abandono y la ruina al glorioso y legendario vestigio
de la bizarría hispanomusulmana. Repararon los
techos, amparando así los salones y las galerías
contra las inclemencias y la acción destructora
del tiempo. Los curtidos zapadores y pontoneros se convirtieron
en jardineros creativos que recompusieron setos, estanques,
canteros y plantaron arbustos y macizos de flores, restableciendo
el sistema hidráulico que permitió que
las fuentes y surtidores volvieran a fluir alegremente.
Al tratar de preservar la Alhambra, esos soldados de
Napoleón recuperaron para España el más
bello y atrayente de sus monumentos históricos.
Paradójicamente,
tanto los españoles como los musulmanes en general
del siglo XIX sabían poco o nada de la existencia
de la Alhambra. Alertado por los viajeros extranjeros,
el estado español acometió su restauración
a partir de 1862. Finalmente, en 1920, el arquitecto
e islamólogo Leopoldo Torres Balbás (1888-1960)
restauró completamente el edificio y le confirió
el aspecto actual, sin duda romántico pero históricamente
equívoco, ya que las estancias palaciegas prevalecen
sobre la fortaleza.
Fuente
de inspiración artística
La
naturaleza oriental y paradisíaca de la Alhambra
siempre ha exaltado la imaginación popular y
la de numerosos escritores, especialmente a partir del
romanticismo. Uno de los tantos refranes dice: "Dale
limosna mujer, que no hay en la vida nada como la pena
de ser ciego en Granada".
Tal
vez el mejor fruto de esta inspiración son los
"Cuentos de la Alhambra", escritos en 1832
por el diplomático norteamericano de origen irlandés
Washington Irving (1783-1859).
Por
su parte, el escritor y viajero romántico francés
François René, vizconde de Chateaubriand
(1768-1848), rubricó esta frase: "Debería
ver usted la Alhambra y Granada. Es como una obra de
hadas; es magia, gloria y amor, no se parece a nada
conocido".
El
escritor norteamericano Jack London (1876-1916) nunca
visitó España, pero en 1885, a los nueve
años, deslumbrado por la lectura de los "Cuentos
de la Alhambra" de Irving, decidió construirse
con los ladrillos de una chimenea "una pequeña
Alhambra privada, con sus torres, sus patios, sus miradores
y demás detalles", no olvidando de "colocar
letreros en yeso que indicaban su existencia y emplazamiento".
El
erudito suizo Titus Buckhardt (1908-1984), en su magnífico
estudio de "La civilización hispano-árabe"
(Alianza, Madrid, 1995) hace esta elucubración
mística: "No existe símbolo más
perfecto de la Unidad divina que la luz. Por esta razón,
el artista musulmán procura la transformación
del material mismo que modela en una vibración
luminosa. Entre los ejemplos de la arquitectura islámica
bajo la soberanía de la luz, la Alhambra de Granada
ocupa el primer lugar. El paraíso ha sido creado
de la luz divina, y de luz está hecho este edificio
pues las formas de la arquitectura hispano-árabe,
los frisos de los arabescos (muqarnas), las redes talladas
en los muros, las estalactitas perlantes de los arcos,
el centelleo de los tejados de azulejos verdes e incluso
los chorros del agua de la fuente, existen no tanto
por ellos mismos sino para manifestar la naturaleza
de la luz. El secreto más íntimo de este
arte es una alquimia de la luz".
El
ilustre bardo granadino Federico García Lorca,
nacido en Fuente Vaqueros en 1898 y muerto trágicamente
en Víznar en 1936, a los comienzos de la Guerra
Civil española, calificó a Granada como
el "paraíso perdido del Moro", y diciendo
en otra ocasión: "¡Con qué
trabajo deja la luz a Granada!". Alexandre Dumas
(1802-1870), el creador de "Los tres mosqueteros",
luego de visitar la ciudad, confesó a un amigo:
"Empiezo a pensar que hay un placer todavía
mayor que el ver Granada, y es el de volverla a ver".
Otro
poeta, el argentino Alfredo Bufano (Guaymallén
1895-Buenos Aires 1950), al visitar Granada y la Alhambra
en abril de 1947, escribe: "El agua es el poema
vivo de la Alhambra. ¡Desengañáos,
poetas! ¡Nadie podrá cantarla como ella!
¿Y desde cuándo lo hace? Desde que los
moros frenaron aquí sus caballos y construyeron
esta anticipación del paraíso que es la
Alhambra" (publicado en el artículo "El
agua de la Alhambra", Diario La Prensa, sección
ilustrada, Buenos Aires, Domingo 26 de Octubre de 1947).
Hay
tantas Granadas como granadinos y granadófilos.
En 1846, Alexandre Dumas en su obra "De París
a Cádiz"- poderoso estimulante del turismo
francés a Andalucía-, al referirse a la
Alhambra y al Generalife, dice: "en ninguna parte
del mundo encontrarás en espacio tan reducido
una fragancia así, una multitud de ventanas que
se abre cada una a un rincón del paraíso".
El
Louvre y la Alhambra: los más visitados
En
el siglo XV el reino islámico de Granada tenía
una población cercana a los quinientos mil habitantes,
y la Granada ella sola tenía cien mil habitantes
(hoy tiene menos de trescientos mil), lo que la convertía
en una de las ciudades más pobladas de Europa
y, naturalmente, la primera de España.
Hoy
día, más de veinte mil millones de dólares
ingresan todos los años a España por concepto
de la industria turística, y la mayoría
de los turistas vienen con un fin determinado: quieren
ver esas bellezas incomparables que son la Mezquita
de Córdoba, la Torre de la Giralda y los Reales
Alcázares de Sevilla y la Alhambra de Granada.
La Alhambra es uno de los monumentos históricos
más visitados del planeta con una cifra que oscila
entre los ocho a diez mil viajeros diarios provenientes
de los cuatro puntos cardinales, la cual sólo
es superada por el Museo del Louvre de París
que registra un promedio de quince mil visitantes por
día.
Bibliografía
esencial
Varios
autores
Vivo
La Alhambra, Carlos Vilchez Vilchez, Rafael Pérez
Gómez, Manuel Espinar Moreno y otros, Proyecto
Sur de Ediciones, Granada, 1990.
Bermúdez Pareja, Jesús: La Alhambra: Generalife
y Torres, Albaicín, Granada, 1971.
Bernáldez, Andrés: Historia de los Reyes
Católicos D. Fernando y Dª Isabel, 2 vols.,
Miguel Lafuente y Alcántara Editor, Granada,
1856.
Borrás, Gonzalo M.: La Alhambra y el Generalife,
Anaya, Madrid, 1989.
Cabanelas, Darío: La antigua policromía
del techo de Comares en la Alhambra, revista al-Ándalus,
vol. XXXV, Granada, 1970.
Calvert, A.F.: The Alhambra, Londres, 1907.
Enrique, Antonio: Tratado de la Alhambra hermética,
Ubago, Granada, 1991.
Girault de Prangey, Philibert: Recuerdos de Granada
y de La Alhambra. Monumentos Árabes y Moriscos
de Córdoba, Sevilla y Granada, Edit. Escudo de
Oro, Barcelona, 1985.
Grabar, Oleg: La Alhambra: iconografía, formas
y valores, Alianza, Madrid, 1994.
Manzano, Rafael: La Alhambra. El universo mágico
de la Granada islámica, Anaya, Madrid, 1992.
Murphy, James: Las antigüedades árabes de
España: La Alhambra, Procyta, Granada, 1987.
Nykl, A.R.: Inscripciones árabes de Granada y
del Generalife, revista al-Ándalus, Vol, IV,
Madrid, 1936.
Prescott, William: History of the Reign of Ferdinand
and Isabella, 2 vols., trad. castellana de Pedro Sabau
y Larroya, Imprenta R. Rafael, México, 1854.
Seco de Lucena y Paredes, Luis: La Alhambra, como fue
y como es, Granada, 1935.
-El Libro de la Alhambra. Historia de los Sultanes de
Granada, Everest, León, 1988.
Soria Ortega, A.: La Alhambra de Victor Hugo, Cuadernos
de la Alhambra, Granada, 1966.
Torres Balbas, Leopoldo: La Alhambra de hace un siglo,
Arquitectura, Madrid, 1926.
-Arte almohade, arte nazarí, arte mudéjar,
Ars Hispaniae -historia universal del arte hispánico-,
vol. 4, Editorial Plus Ultra, Madrid, 1949.
-La Alhambra y el Generalife de Granada, Madrid, 1953.
Trevylan, R.: Shades of the Alhambra, Secker & Warburg,
Londres, 1985.
Vian, Cesco: L'Alhambra di Granada, Istituto Geografico
de Agostini-Novara, Milán, 1981.
Valladar
y Serrano, Francisco de Paula: El incendio de la Alhambra,
Granada, 1890.
-La
Alhambra: su historia y su estado en la actualidad,
Granada, 1906.
|