El arte de la Caligrafía
Hassan Masssoudy



Entre los árabes, antes del Islam, el poeta era la memoria de la tribu, y ésta se basaba esencialmente en la tradición oral. Más tarde los árabes van a sentir la necesidad de poner por escrito lo que recitaban, primero utilizando unos pocos signos como mero recurso mnemotecnia La escritura comenzó a cobrar importancia recién en el siglo VII, con la aparición del Islam, porque permitía dar realidad visual a la palabra divina. El Corán, primer libro escrito en lengua árabe, desempeñó un papel decisivo en el desarrollo de la escritura y contribuyó a que evolucionara hacia la caligrafía.

Se definieron normas precisas: el instrumento de la escritura era el cálamo, una caña tallada que los calígrafos emplean aún hoy. La talla del cálamo revestía suma importancia, pues variaba según el tipo de escritura. La tinta se preparaba con especial esmero y, como el cálamo, en el mayor secreto.
La enseñanza de la escritura se confiaba a un maestro, que comenzaba por trazar los caracteres en la arena con el dedo; el alumno lo imitaba, luego borraba todo y volvía a empezar. Más tarde se utilizó una tablilla de madera lisa recubierta de una arcilla donde el alumno dibujaba algunos trazos que debía conservar hasta saberlos de memoria.
A fines del siglo VII la lengua y la escritura árabes adquirieron carácter oficial y se impusieron en la administración de todos los países musulmanes. La escritura evolucionó hacia dos formas esenciales: la nasjí, fluida y redonda, y la cúfica, rígida y angulosa. Esos dos estilos han engendrado muchos otros; sus nombres indican en la mayoría de los casos el origen geográfico: el hiri procedente de la ciudad de Hiri, el hijazi de la región del Hijaz.
En el siglo VIII los chinos enseñaron a los árabes el secreto de la fabricación del papel, lo que favoreció la difusión de los textos escritos y el desarrollo de la escritura. Cada región del vasto imperio islámico poseía un estilo propio, que reflejaba su cultura y su sensibilidad. Así, la escritura cúfica, utilizada principalmente para escribir el Corán, no tenía las mismas características en la India o en Irak, en Egipto o en Andalucía.
La escritura monumental, pintada sobre esmalte, esculpida en madera o en piedra, se diversifico aun más, alejándose paulatinamente del mensaje escrito hasta perder su estructura primigenia. Una de las inscripciones más antiguas, del siglo VII, adorna el interior de la Cúpula de la Roca en Jerusalén, donde los caracteres cúficos, dorados sobre fondo azul, corren a lo largo de los muros de mosaicos. A partir de esa época la decoración caligráfica va a invadir todos los monumentos religiosos y civiles.
Transformado en elemento arquitectónico, el estilo cúfico, inicialmente denso y compacto, se estiliza y se vuelve monumental. Los trazos se alargan, evocan la silueta de una ciudad con sus minaretes y sus cúpulas, o componen motivos enlazados, florales o geométricos. EL cúfico cuadrangular, por ejemplo, está constituido exclusivamente por líneas que se cortan en ángulos rectos, lo que le otorga vigor y sobriedad. Las palabras se simplifican, las letras no siguen una misma línea, flotan en el espacio, como liberadas de la gravedad, y sus volutas envuelven en diagonal el cuerpo redondeado de los minaretes.

Un arte abstracto
Los caracteres caligráficos están en todas partes: en los monumentos, pero también en los tejidos, la vajilla, los muebles. Es el principal arte visual del mundo musulmán, pues se rechaza toda imagen "que represente un ser dotado de alma". La letra se convierte así en el ornamento por excelencia de la mezquita, el palacio la escuela, con una excepción: las obras científicas y literarias, pero incluso en ese caso las imágenes carecen de realismo, no poseen ni relieve ni profundidad. Los calígrafos, inspirándose en técnicas pictóricas, van a crear a través de la palabra la ilusión de la imagen. Según su inspiración y su sensibilidad artística enriquecen los textos con significaciones nuevas, como en las caligrafías llamadas "en espejo" que traducen una aspiración mística.
En los monumentos la caligrafía se libera del mensaje para convertirse en objeto de meditación. Los caligramas, construcciones geométricas complejas, se vuelven ilegibles. La caligrafía se convierte en un arte abstracto que expresa los sentimientos del calígrafo y que el observador interpreta a su manera.
Su evolución depende de dos factores. En primer lugar, la forma misma de los caracteres, ascendentes, descendentes, alargados, exige de los calígrafos particular esmero. Su trazado no es el mismo si los caracteres se sitúan al comienzo, en el medio o al final de la palabra. Casi siempre enlazados, el espacio en que se inscriben debe medirse con cuidado.
El segundo factor determinante de su evolución es la imaginación del calígrafo. Las normas impuestas no impiden la innovación. Tras estudiar durante años el legado de los antepasados, el artista termina por dar rienda suelta a su inspiración. Y precisamente al transgredir las normas establecidas hace progresar su arte. En el siglo X el calígrafo Ibrahim al Suli afirmaba con razón: "cuando el cálamo se convierte eb y tirano, une lo que estaba separado y separa lo que estaba unido".

Una larga evolución
Ya bajo el Califa abasí Al-Mamun (786-833), el afán de emulación entre los calígrafos había dado nacimiento a decenas de estilos especializados: uno reservado al califa, otro a los ministros, un tercero a los mensajes destinados a los príncipes. Había un estilo para la poesía, otro para los tratados y los contratos, las finanzas, la defensa... Fue un período de gran prosperidad para el oficio de calígrafo, que según Ibn al-Habib al Halabi llegó a ser "la función más noble, la ciencia más perfecta y la situación más rentable" de la época.
Cada califa tenía su calígrafo oficial, hombre de confianza en cuyas manos solía dejar incluso el gobierno de su casa. Uno de ellos, Ibn Muqla (nacido en 886), llegó a ser visir. Fue él quien, por estimar que el estilo cúfico era demasiado compacto para una época tan refinada como la suya, inventó un estilo de escritura más flexible y redondeado, el nasjí, al que dio un trazado geométrico a fin de que fuera digno de transcribir el Corán.
Las reformas de Ibn Muqla no fueron adoptadas por el Occidente musulmán. De Egipto a Andalucía, los calígrafos magrebíes, de tradición artística más austera, se negaron a abandonar el estilo cúfico, al que se vinculan el magrebí y numerosas variantes resultantes de él.
Más tarde aparecerán dos grandes escuelas de caligrafía: la de Ibn al-Bawwab (siglo XI), que perfeccionó los métodos de Ibn Muqla, y la de Al-Mustasimi (siglo XIII), que mejoró el cálamo cortando oblicuamente su punta, lo que permitió trazar perfiles más finos.
Unas treinta lenguas utilizaron el alfabeto árabe. Los iraníes crearon su propio estilo y perfeccionaron muchos otros. En cuanto a los otomanos, fueron los últimos grandes maestros del arte caligráfico. Bajo su imperio se instauró la ijaza, un título que daba derecho a aceptar un encargo y a enseñar caligrafía. Los otomanos dieron grandes calígrafos como Chaikh Al-Amassi en el siglo XVI, que adaptó los diferentes tipos de escritura a la lengua otomana, o Hafe Othman (siglo XVII) que confirió a la caligrafía simplicidad, pureza y gracia. La introducción en 1928 del alfabeto latino en la lengua turca puso fin al último movimiento artístico importante de la caligrafía árabe.
Hoy, con el desarrollo de las técnicas audiovisuales y de reproducción, el calígrafo contemporáneo ha perdido parte de su función. Pero está siempre en busca de nuevas vías que permitan hacer evolucionar su arte.




 
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